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¿Está la participación de moda?

Hace tiempo que la participación ciudadana es tendencia. Numerosas campañas públicas y privadas han intentado promover una relación más cercana y efectiva con la ciudadanía y, sean o no estrategias de comunicación, afortunadamente la participación es un nuevo horizonte social.

Una definición técnica de este concepto apunta al conjunto de acciones o iniciativas que tratan de estimular el desarrollo local y la democracia participativa a través de diversos mecanismos de integración de la comunidad al ejercicio de la vida pública  (FAMP, 2010). Pero la participación tiene sus dificultades que debemos trabajar.

En esta sociedad del consumo acostumbramos a esperar los productos finales de las cosas. Participar no da frutos rápidamente, pues se necesita un ecosistema peculiar, resultado del diálogo entre diferentes personas o grupos, entidades, territorios, culturas, historias, etc. Este encuentro necesita tiempos para que las partes se conozcan y compartan. Pero algunos de los procesos participativos se han enfocado tanto en obtener resultados rápidos que no invierten el tiempo necesario en cultivar la confianza y la comunicación.

Invertir el tiempo suficiente en el proceso es vital para que la participación aflore. En ocasiones, hablamos de que la participación es un fin en sí mismo. Esto quiere decir que el mayor éxito que puede haber no es el producto final, sino el cambio social que que se produce por la transformación de las personas que han participado. Relacionarse, conocer otros puntos de vista, buscar objetivos comunes, permite un entendimiento mayor de las problemáticas individuales y comunes, enriqueciendo la relación de cada individuo con sus vecinos y su entorno y mejorando aspectos que dependen de todos, como la convivencia, la seguridad o la limpieza.

Por todo esto, deberíamos estar alerta para no valorar solo en el resultado o perder de vista el proceso.

Niveles de participación

Hay varios niveles de participación (información, consulta, decisión, control o ejecución) que van en función del grado de protagonismo que tiene la ciudadanía. Cada nivel necesita unos tiempos de diálogo diferentes. Es lógico entonces, que los efectos de un proyecto de ejecución sean diferentes a los de uno de decisión.

Por ejemplo, hace unos años el Ayuntamiento de Zaragoza realizó un proyecto participativo de consulta para cambiar el color del Puente de Hierro durante dos semanas. A través de la web municipal se pudo votar, quien quiso y tuvo acceso a esa información y a internet, pudo decidir entre tres propuestas dadas. La aceptación social del actual color es consecuencia del nivel de participación dado.

Otro ejemplo de una mayor apertura a la participación lo vemos en una de las paredes del Parque Tío Jorge del Arrabal. Varias entidades del barrio (Casa de Juventud, PIEES, Centro Cívico, …) propusieron el proyecto “VI Feminizarte ¿qué pintas en tu barrio?”, que consistió en pintar un mural colectivo. Se difundió invitando al vecindario y quienes asistimos pudimos participar y ser parte del mural. Ahora el barrio lo siente como suyo porque ha sido parte del proceso, tanto a nivel de decisión como de ejecución. La investigación previa, los tiempos y el nivel de participación fueron muy diferentes, y por ende el nivel de aceptación.

 

Importancia del proceso participativo: tiempo, conocimiento y diálogo.

En ocasiones hay proyectos participativos fallidos, resultado de desajustes entre cuánta participación se ha habilitado, y cuánta implicación posterior se esperaba. Todas conocemos estructuras infrautilizadas, servicios que no se demandan, o espacios rotos o vacíos. Quejarnos de que algo está en desuso no nos sirve de nada, pero sí es interesante investigar el porqué y transformarlo. Posiblemente, no se haya invertido el tiempo necesario en abrir la participación para hacer un buen mapa de necesidades de las personas que darían vida a esos recursos.

La necesidad social es el acuerdo de necesidades individuales de las partes implicadas y requiere de varios elementos: la investigación o documentación previa de la naturaleza del territorio/contexto, el asesoramiento de personas con experiencia en democracia participativa y el respeto de los tiempos.

Con estos ejemplos aprendemos que, si se quiere un proceso exitoso, hay que partir de la demanda real, y ser consecuentes con los niveles de participación y de impacto generados, diferenciando la respuesta o “producto obtenido” del proceso, y buscando un ajuste entre el nivel de participación ofrecido y el resultado esperado.

Pero que esto no suene desesperanzador. Lo importante es señalar los fallos para aprender de ellos. Por desgracia, hemos perdido la tradición participativa y hay que reaprenderla si queremos enriquecernos con todo lo que nos aporta. Trabajando y dialogando, población, instituciones y recursos, tejiendo redes y canales de comunicación y abriendo las vías de la participación real podemos conseguir que participar no solo esté de moda, sino que redunde en una mejora continua de la sociedad y se convierta en nuestra nueva realidad.

 

Referencias:

FAMP (Federación Andaluza de Municipios y Provincia) (2010). Guía Práctica para la Implementación de la participación en los gobiernos locales. Obtenido de Junta de Andalucía: http://www.famp.es/racs/observatorio/glosario-guía-participacion-ciudadana.pdf

A. Rey. (julio de 2017). El blog de la inteligencia colectiva. Obtenido de: http://bloginteligenciacolectiva.com/ineficiencias-significativas-los-procesos-participativos/